Clara es una de esas extrañas mujeres a las que le gusta marearse en sus desgracias y en sus tristezas; envolverse en el fango y morir en el humo de su cigarrillo lleno de carmín.

Una de esas mujeres capaz de ganar las más grandes batallas pero incapaz de hacerse con la victoria en lo cotidiano.
Clara no sabe de sonrisas, ni de sueños por cumplir. Lo suyo es la mala vida, los pucheros y la incertidumbre de sus cuatro paredes. Las cuatro paredes de una cocina que se le queda pequeña y que a la vez es su único mundo.

Desde bien jovencita, lo suyo ha sido la entrega, el amor desmedido y la falta de medida en su felicidad. Aprendió a vivir a través de los ojos de Paco, su Paco, ese eterno soplo de vino más noble que un corderito, pero no por ello menos cretino y altivo.

A su Paco nunca le faltó de nada, ni la palabra amable, ni una mujer que tomar, ni unos niños a los que ignorar, ni el vasito de vino al volver del duro día de trabajo, después de la obligada cita con el bar de la esuina y los compañeros de faena. Su Paco siempre ha sido el mejor planchado, el más limpio del barrio. Clara, siempre ha sido la mujer del Paco, entradita en carnes pero aún de buen ver, siempre tan pintada y apañada. Que con dos trapos se hacía el mejor vestido.

A Clara le gusta marearse en sus desgracias y en sus tristezas; envolverse en el fango y morir en el humo de su cigarrillo lleno de carmín. A Clara le gusta una vida que no le hace feliz, un marido al que quiere pero no ama, un reflejo en el espejo al que quiere pero no reconoce y unos pucheros a los que mima pero no quiere.

A Clara le gusta marearse en sus tristezas y desgracias. A Clara le gustaría sonreir antes de morir.