Los cometas (del latín "stella cometa", "estrella con cabellera") son cuerpos celestes que orbitan el Sol, caracterizados por desarrollar una larga y luminosa cola mientras recorren el segmento de su órbita que los acerca más al Sol.

El desconocimiento astronómico de los primeros años, motivó que las apariciones de grandes cometas se consideraran simples fenómenos atmosféricos de nuestro planeta.
Esta situación cambió en el año 1577, cuando el astrónomo danés Tycho Brahe demostró que se trataba de cuerpos celestes.

Los desconocidos de cielo.
Los cometas, en cuanto a cuerpos celestes, se caracterizan por no seguir las normas: mientras que los demás cuerpos celestes –las estrellas, el Sol, la Luna y los planetas- se mueven de una manera regular y ordenada, los cometas surcan el cielo sin avisar. Al menos, esto es lo que se creía hasta el siglo XVII, cuando el científico Isaac Newton demostró que los movimientos de los cometas está sujetos a las mismas leyes que controlan a los planetas en sus órbitas.

Sin embargo, antes de esta revelación, los antiguos astrónomos, que sabían calcular el movimiento de los demás objetos del cielo, se sentían imponentes respecto a los cometas; eran incapaces de predecir cuándo aparecía uno, en qué parte del cielo lo haría y durante cuánto tiempo sería visible.

Los cometas, al aparecer de la manera más inesperada, se interpretaban como una señal, como la advertencia de que iba a ocurrir algo extraordinario, algo malo para la población.
Así, cuando aparecía un cometa, se tomaba nota del año y luego se describían los acontecimientos terribles que ocurrían poco después. Esto se consideraba una “prueba” de que los cometas anunciaban catástrofes.

El primer descubrimiento científico acerca de los cometas, fue que su cola apuntaba siempre en dirección opuesta al Sol, en cualquiera de los puntos de su órbita. Pero, ¿por qué?
Cuando un objeto se desplaza a mucha velocidad en un día sin viento y suelta humo mientras se mueve (un ejemplo sencillo sería una locomotora de vapor), esperamos que la columna de humo se incline hacia la parte trasera del objeto. Ello se debe a que la resistencia del aire actúa con mayor efectividad sobre las diminutas partículas del humo, que sobre la poderosa solidez del tren.

En el vacío, sin embargo, el humo que despidiese un objeto móvil se desplazaría junto con el objeto a su misma velocidad, por lo que no se quedaría atrás.